Política y futuro de los programas de planificación familiar internacionales

La Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo, celebrada en El Cairo en 1994, marcó un hito al reconocer que los retos mundiales más apremiantes—la pobreza, las malas condiciones de salud y la destrucción ambiental—podrían solucionarse, al menos parcialmente, al abordar las necesidades y derechos de cada niña y mujer. Adicionalmente, la Conferencia de El Cairo confirmó el derecho de cada persona a la salud, la educación y, desde luego, a controlar su sexualidad y reproducción. 

La pregunta que Karen nos plantea hoy es muy sencilla: ¿debe la comunidad de donantes invertir más en los programas internacionales de salud reproductiva y planificación familiar? Antes de abordarla, sin embargo, debemos responder otras preguntas preliminares: ¿Qué hemos logrado desde la Conferencia de El Cairo y cuáles son las oportunidades para seguir avanzando?

Sin lugar a dudas las inversiones realizadas en el pasado han rendido frutos: a partir de 1994 hemos logrado avances sustanciales en una serie de temas, incluyendo una reducción significativa en las tasas de fecundidad global y una mejora en el acceso a métodos anticonceptivos modernos. Sin embargo, seguramente coincidirán conmigo en señalar que debemos realizar mayores inversiones en tanto y en cuanto no hemos sido capaces de cumplir con las metas acordadas en El Cairo. Todavía queda mucho por hacer si queremos que la salud sexual y reproductiva para todos y todas se convierta en una realidad para el año 2015.

Permítanme comenzar por las buenas noticias. En los últimos trece años muchos países han comenzado a prestar mayor atención a los temas de salud sexual y reproductiva. En América Latina, por ejemplo, los gobiernos han adoptado nuevas políticas y se han esforzado en mejorar el acceso a los servicios de salud sexual y reproductiva. También han comenzado a distribuir anticonceptivos en forma gratuita en sus clínicas, una práctica que era virtualmente inexistente e impensada antes de la Conferencia de El Cairo. Como resultado de este proceso, el uso global de anticonceptivos modernos en la región aumentó drásticamente en la década de 1990, alcanzando en la actualidad al 62 por ciento de las mujeres entre 15 y 49 años de edad (gráfico 1).

Otro aspecto positivo tiene que ver con el hecho de que el compromiso con el Programa de Acción de El Cairo ha sido reafirmado en numerosas conferencias de seguimiento. Nuestra victoria más reciente tuvo lugar en el marco de la Cumbre Mundial 2005, donde gobiernos de todo el mundo se comprometieron a “lograr el acceso universal a la salud reproductiva para 2015 [e] integrar ese objetivo en las estrategias encaminadas a alcanzar los objetivos de desarrollo convenidos internacionalmente, incluidos los que figuran en la Declaración del Milenio, y orientados a reducir la mortalidad materna, mejorar la salud materna, reducir la mortalidad infantil, promover la igualdad entre los géneros, luchar contra VIH/SIDA y erradicar la pobreza.” Sin lugar a dudas se trata de un logro mayúsculo—uno que vale la pena celebrar—especialmente si consideramos la enorme presión ejercida por diferentes grupos conservadores, incluido el gobierno de los EE.UU., para socavar los acuerdos alcanzados en El Cairo.

Y hasta aquí llegan las buenas noticias... Hablemos ahora del lado negativo. Como ustedes saben, diferentes obstáculos han impedido que la agenda de El Cairo avanzara con la efectividad y celeridad que esperábamos en 1994. Discutiré brevemente las tres razones principales que han impedido la plena implementación de las metas acordadas en la Conferencia de El Cairo: 1) el creciente conservadurismo y oposición a la salud sexual y reproductiva en los EE.UU., 2) la fragilidad que presentan los sistemas de salud en muchos países; y, por último, 3) la persistencia de las desigualdades sociales y de salud.

El primer obstáculo tiene que ver con el mayor conservadurismo que se observa en las políticas del gobierno norteamericano en lo que respecta a la agenda de la salud sexual y reproductiva. La administración Bush, como ustedes saben muy bien, ha restablecido la Ley Mordaza Global, ha rescindido el financiamiento al UNFPA y ha centrado su programa de ayuda internacional en la abstinencia y la fidelidad. Como resultado de esta situación, diferentes organizaciones prestadoras de servicios, especialmente aquellas que rechazan un enfoque de salud basado en consideraciones ideológicas, han visto drásticamente reducido su financiamiento. Adicionalmente, importantes subgrupos de la población, tales como las personas jóvenes sexualmente activas que no se encuentran casadas, han recibido mensajes totalmente inadecuados y servicios limitados.

Los programas para la juventud apoyados por la administración norteamericana transmiten mensajes perniciosos y poco realistas que dejan a la gente joven sin la preparación necesaria para mantener relaciones sexuales seguras cuando opten por iniciar su vida sexual. Asimismo,  no toman en cuenta el hecho de que las conductas, actitudes y normas sexuales varían alrededor del mundo. Esta situación es especialmente preocupante ya que EE.UU. es un actor fundamental en el campo del desarrollo internacional, contribuyendo más de la mitad de la asistencia internacional para la salud sexual y reproductiva.

El segundo obstáculo tiene que ver con la debilidad de los sistemas de salud pública. Los sistemas de salud que son frágiles, fragmentados y que carecen de recursos financieros y humanos apropiados son incapaces de garantizar la disponibilidad y el acceso a los servicios de salud más importantes, incluidos los de salud sexual y reproductiva, que resultan tan necesarios para mejorar la calidad de vida de millones de personas, especialmente la de los marginados. Se necesita una voluntad política fuerte para inyectar los recursos necesarios para que los sistemas de salud pública funcionen como redes de protección capaces de proporcionar atención a quienes más la necesitan.

Finalmente, el tercer obstáculo para alcanzar las metas trazadas en la Conferencia de El Cairo se refiere a la persistencia de las desigualdades sociales y de salud. En términos generales no hemos hecho un buen trabajo en lo que respecta a mejorar las condiciones de salud sexual y reproductiva de los sectores más vulnerables de la sociedad. Las desigualdades entre países y al interior de los mismos siguen siendo abrumadoras. En cada uno de los países para los que tenemos datos, las mujeres que se ubican en el quintil más alto presentan un acceso mucho mayor a métodos anticonceptivos que las que se encuentran en el quintil más bajo (gráfico 2). En ciertas partes de África Subsahariana las mujeres tienen una probabilidad de 1 en 6 de morir durante el parto, mientras que en partes de América del Norte y Europa el riesgo a lo largo de la vida es de 1 en 8.700 . (Estas disparidades son vergonzosas e inaceptables, en tanto niegan a las mujeres pobres dos de sus derechos humanos más básicos: el derecho a la vida y el derecho a la salud).

Pero también existen otros tipos de desigualdades, como las que se observan en los niveles de ingreso, en la vivienda y en los niveles de educación, que tienen un fuerte impacto sobre la salud sexual y reproductiva. Y es virtualmente imposible cerrar las brechas que existen en las condiciones de salud sexual y reproductiva si estas otras brechas no son corregidas. Una mujer tiene pocas oportunidades de ejercer sus derechos sexuales y reproductivos si no tiene acceso a un sistema de salud adecuado, si no ha tenido oportunidad de asistir a la escuela, si se encuentra desempleada o si está empleada pero recibe un salario de hambre. Las disparidades en términos de salud sexual y reproductiva no ocurren al azar, sino que reflejan un patrón de desventajas sociales que necesitan ser abordadas primero si realmente deseamos avanzar en este campo.

Las desigualdades de género, desde luego, también juegan un papel importante en esta historia. Las desigualdades en las relaciones de poder entre mujeres y hombres, así como las diferencias en términos de niveles de educación y pobreza, impiden que millones de mujeres de todo el mundo tengan acceso a una atención adecuada a su salud sexual y reproductiva, lo que impacta negativamente en su estado general de salud. En muchas partes del mundo las mujeres se ven expuestas al riesgo de contraer el VIH porque las normas sociales vigentes en sus países incitan a sus esposos a comportarse de manera promiscua y porque, al mismo tiempo, las desalientan a insistir en el uso del condón. Los estereotipos de género y las limitadas oportunidades para las niñas también repercuten sobre las tasas de embarazo adolescente, las que son persistentemente altas en muchos países del mundo, aun cuando las tasas de fecundidad entre las mujeres adultas están disminuyendo.

Adicionalmente, la desigualdad y la pobreza también minan nuestros sueños comunes como sociedad. La violencia urbana se ha extendido por todas las ciudades del mundo. La degradación ambiental y el calentamiento global proyectan una nube negra sobre nuestro futuro. Ambas amenazas tienen claros vínculos con el hecho de que existan millones de jóvenes viviendo en condiciones de pobreza, sin aspiraciones para su futuro ni razones para posponer su paternidad. Esta situación contribuye aún más a reforzar el ciclo vicioso de la pobreza.

Esta imagen del vaso medio lleno tiene mucho que ver con el ambiente que existe en el campo del financiamiento internacional. Como ustedes saben, en los últimos años se ha registrado una disminución en los niveles de financiamiento internacional para la planificación familiar. La planificación familiar ha caído constantemente en el ranking de prioridades de desarrollo internacional a pesar del impulso generado por la Conferencia de El Cairo. Entre 1995 y 2003 el apoyo de los donantes para insumos y servicios de planificación familiar experimentó una reducción del 18%, cayendo de 560 a 460 millones de dólares. Esta caída en los niveles de financiamiento limita severamente la capacidad de los 200 millones de mujeres que viven en países en desarrollo de ejercer su derecho humano a determinar el tamaño de sus familias.

Para revertir esta tendencia negativa debemos aprovechar tres nuevos factores que para algunas personas constituyen problemas pero que, en realidad, representan oportunidades. Y cuando hablo de oportunidades no sólo hago referencia a nuevas fuentes de financiamiento, sino también a nuevas formas de prestar servicios y de integrar la salud y los derechos sexuales y reproductivos en una agenda de desarrollo más amplia, lo que en gran parte fue el verdadero espíritu de la Conferencia de El Cairo. Me estoy refiriendo: primero, a la mayor atención que se presta al VIH/SIDA; segundo, a la renovada atención a la lucha contra la pobreza; y, tercero, a la descentralización en la arquitectura de la asistencia para el desarrollo.

Todas y todos sabemos que la disminución del financiamiento internacional para los servicios de planificación familiar y salud sexual y reproductiva ha ido de la mano de un aumento en el financiamiento para el VIH/SIDA. Este fenómeno no debe verse como una amenaza sino como una oportunidad para seguir avanzando. De hecho, la prevención del VIH/SIDA y la atención a la salud sexual y reproductiva son complementarias. Simplemente tengan presente que la mayoría de los nuevos casos de infección por VIH se dan por vía sexual o se encuentran vinculados al parto y el amamantamiento. Además el VIH/SIDA, así como otros problemas relacionados con la salud sexual y reproductiva, responden a un cúmulo de causas comunes, incluidas las desigualdades de género, la pobreza, el estigma y la discriminación. Por todas estas razones resulta lógico y conveniente desarrollar una respuesta integrada que articule la lucha contra el VIH/SIDA con los programas de salud sexual y reproductiva.

Segundo, existe una mayor conciencia de que la pobreza va mucho más que la ausencia de ingresos. La salud sexual y reproductiva resulta fundamental para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio y para combatir la pobreza. Este cambio de orientación llegó a su punto más alto el año pasado, cuando el Secretario General de las Naciones Unidas recomendó la adopción de una “nueva meta bajo el Objetivo 5: lograr el acceso universal a la salud reproductiva para el año 2015.” Esto es particularmente importante puesto que la omisión de la salud sexual y reproductiva del marco de desarrollo vigente afectó negativamente la agenda de El Cairo, tanto en términos financieros como de compromiso político.

Finalmente, también existen importantes oportunidades de cambio a nivel de país. La comunidad de la salud sexual y reproductiva, que ha sido tan efectiva a nivel internacional, debe prestar mayor atención a las políticas y negociaciones que tienen lugar en cada país. Las agencias de ayuda bilateral y multilateral están canalizando una mayor cantidad de fondos a través de los gobiernos nacionales y las decisiones sobre los presupuestos de salud sexual y reproductiva están siendo tomadas, de manera creciente, por los gobiernos en lugar de las instituciones donantes. Todo esto hace que las acciones de incidencia política a nivel de país sean cada vez más importantes. El financiamiento para programas internacionales sigue siendo necesario porque las redes internacionales ofrecen un muy necesario apoyo a las ONGs y actores locales que exhortan a sus gobiernos a hacerse responsables de atender las necesidades de salud sexual y reproductiva.

Tenemos ocho años más para asegurarnos de que las promesas hechas en El Cairo se conviertan en realidad. Ocho años más para construir puentes con los colegas que luchan contra el VIH/SIDA y para asegurarnos de que los servicios de VIH/SIDA y los de salud sexual y reproductiva vayan de la mano. Ocho años más para movilizar el apoyo y generar la voluntad política necesaria para colocar a la salud sexual y reproductiva en un lugar privilegiado en la agenda pública de los países. Ocho años más para combatir la pobreza y las desigualdades mientras promovemos la salud sexual y reproductiva y el fortalecimiento de los sistemas de salud. Todo esto requiere inversiones sustanciales que solamente pueden provenir de la comunidad de donantes internacionales.

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