Gracias por invitarme a participar en el lanzamiento de esta iniciativa tan importante. El momento para hablar sobre la educación sexual no puede ser más oportuno. Como ustedes saben, Chile atraviesa un momento histórico muy positivo: existe un proceso de desarrollo económico y social sostenido, la consolidación de la democracia se encuentra cada vez más afianzada y se han dado una serie de pasos importantes hacia la modernización de la sociedad.
Los cambios son impresionantes ¿Quién hubiera imaginado diez años atrás que Chile elegiría a una mujer como presidente? ¿Quién hubiera imaginado diez años atrás que Chile reconocería el derecho de las mujeres, especialmente de las más pobres, a acceder a la anticoncepción de emergencia de manera gratuita? ¿Quién hubiera imaginado diez años atrás que Chile aprobaría un plan de educación sexual tan auspicioso como el que existe actualmente? Es evidente que se han dado una serie de pasos importantes en el sentido correcto. El gobierno, las organizaciones no gubernamentales, el movimiento estudiantil y los demás grupos de la sociedad civil deben felicitarse y celebrar los logros alcanzados.
Muchas personas creen que Chile puede convertirse en un líder regional en el campo de la educación sexual. Personalmente no sólo creo que pueda hacerlo, sino que considero que está obligado a hacerlo, especialmente si pretende dar solución a los muchos problemas que se derivan de la falta de una educación sexual integral, como la pobreza sexual, los embarazos no deseados, los abortos inseguros, las infecciones de transmisión sexual y la incapacidad para disfrutar del sexo de una manera responsable, por sólo mencionar algunos.
En su último informe sobre el Estado Mundial de la Población, el Fondo de Población de las Naciones Unidas señaló que Chile es uno de los países de América Latina donde las tasas de fertilidad adolescente crecieron de manera más rápida en los últimos años, ubicándose sólo detrás de Brasil. Esta situación es notable porque va en contra de la tendencia regional, que muestra una disminución marcada en las tasas de fertilidad adolescente. Afortunadamente Chile tiene los planes y las leyes necesarias para enfrentar esta situación, aunque debe tomar las medidas necesarias para asegurar la correcta implementación de estos planes y leyes, incluyendo la asignación de recursos financieros y humanos.
La educación sexual no sólo es importante para la sociedad chilena. Al lograr avances en este campo Chile puede constituirse en un ejemplo para toda la región. En términos generales, como ustedes saben, América Latina se encuentra bastante atrasada en lo que respecta a la educación sexual. Lo que hace falta es una campaña de “des-educación” sexual que nos permita olvidar los prejuicios y preconceptos que nos inculcaron a lo largo de décadas.
En nuestra región existen tres obstáculos culturales concretos que nos impiden avanzar en la promoción de una educación sexual integral:
En primer lugar, una cultura patriarcal que nos inculcaron en nuestras propias casas, en nuestras familias, en las escuelas y a través de los libros y las revistas. Una cultura que somete la mujer al varón, que sostiene que la mujer no puede tomar la iniciativa en casi nada, y menos en el sexo, en la que sólo las mujeres vírgenes son valoradas, y en la que las mujeres que disfrutan de las relaciones sexuales son consideradas inmorales.
En segundo lugar, una cultura religiosa represiva, profundamente arraigada en el catolicismo conservador, que asocia el sexo con el pecado, con lo sucio y con lo que se debe esconder. Una cultura que penaliza a las mujeres y que condena el placer.
En tercer lugar, una cultura consumista, que de ninguna manera es patrimonio exclusivo de nuestra región, y que es transmitida principalmente a través de los medios de comunicación. Esta cultura despoja al sexo de su costado humano y afectivo, enseña que sólo las relaciones heterosexuales son legítimas, que sólo los jóvenes disfrutan del sexo, que las relaciones sexuales no necesitan de cuidado y no tienen costos. En fin, una cultura que cosifica al sexo y lo presenta como algo meramente superficial.
Para avanzar hacia una sociedad más saludable, más inclusiva y más democrática debemos enfrentar y superar las barreras impuestas por cada una de estas tres vertientes culturales.
Para enfrentar la cultura patriarcal necesitamos apoyar la creación de una nueva cultura de la igualdad donde hombres y mujeres sean reconocidos como pares, con los mismos derechos, los mismos deberes y las mismas oportunidades, y donde la diversidad sexual sea reconocida y aceptada como un valor. Actualmente estamos lejos de alcanzar este objetivo. En muchos países de nuestra región las mujeres no tienen autonomía para actuar de acuerdo con sus elecciones, especialmente en lo relativo a su sexualidad. En México, por ejemplo, el 87% de las mujeres rurales necesita el permiso de su esposo para usar métodos anticonceptivos, el 50% de las mujeres no siente placer cuando tiene sexo y el 10% tiene relaciones sexuales para cumplir con sus obligaciones maritales. Asimismo, muchas mujeres son obligadas a mantener relaciones sexuales por medio de la violencia. La Organización Panamericana de la Salud estima que la proporción de mujeres que han sido víctimas de violencia de pareja es del 11% en Colombia, 17% en Haití y 23% en México y Perú.
Otro aspecto vinculado a la cultura patriarcal es la discriminación, la estigmatización y la persecución de las personas que tienen opciones sexuales diferentes a la heterosexual. El escritor cubano Reinaldo Arenas denunció el miedo y la persecución de la que eran víctimas los homosexuales en Cuba. Lamentablemente las conductas homofóbicas no son patrimonio exclusivo de Cuba. Entre 1980 y 2000 se registraron 1.960 asesinatos de homosexuales en Brasil. En Chile los casos de homofobia pasaron de 46 en 2004 a 58 en 2005.
En un mundo tan complejo y diverso como el que nos toca vivir, donde no existe una unidad de criterios sobre lo que es “correcto” o “incorrecto,” debemos adoptar una actitud de sabiduría que nos permita aceptar nuestras diferencias de manera democrática. Felizmente empezamos a ver algunos cambios positivos en este campo, como la aprobación de leyes de unión civil en las ciudades de Buenos Aires, Río Grande do Sul y México, que marcan un camino de esperanza.
Veamos ahora cómo superar el obstáculo de la cultura religiosa represiva. Para enfrentar la represión religiosa necesitamos apoyar la creación de una cultura secular que nos permita ver al sexo como algo positivo, como una fuente de placer y de crecimiento personal. Las iglesias en general, y la Iglesia Católica en particular, se han esforzado en separar el placer del sexo. Ya en el siglo IV San Agustín sostenía que “el deseo sexual es una tendencia animal pero [que] podría ser justificada y orientada hacia el bien, siempre y cuando el acto sexual tuviera como finalidad la procreación.” Para la Iglesia Católica, entonces, el sexo sólo queda legitimado en el contexto del matrimonio y cuando se lo practica con fines reproductivos. El sexo sin hijos, como fuente de placer, es considerado como una ofensa a Dios.
La Iglesia Católica ha hecho todo lo posible por robarnos el derecho al placer sexual, el derecho a disfrutar de nuestros propios cuerpos, el derecho a decidir el número de hijos que deseamos y podemos tener de manera responsable, y el derecho a protegernos contra las infecciones de transmisión sexual, especialmente al promover campañas de desinformación sobre los condones. No resulta sorprendente, entonces, que el sexo en general, y la sexualidad de las mujeres en particular, haya sido fuente de tantos padecimientos y conflictos.
Afortunadamente la Iglesia Católica no es un bloque monolítico. En su seno existen voces progresistas que cuestionan la doctrina oficial. Basta recordar la teología de la liberación y su lucha por la justicia social en América Latina. O el gran número de católicos que aceptan y de hecho ayudan a promover el uso de anticonceptivos. O el movimiento de teólogas católicas que sostienen que las relaciones sexuales placenteras no son contrarias a la fe.
Por último, para enfrentar la cultura consumista necesitamos apoyar la creación de una cultura que ponga el acento en la responsabilidad, la justicia y el respecto mutuo, y ¿por qué no? en el amor. Hasta ahora el tema de la responsabilidad ha sido dominio exclusivo de los grupos conservadores. Estos grupos han definido el discurso de la responsabilidad porque desde el progresismo les hemos dado carta blanca para hicieran lo que les diera la gana, fundamentalmente por nuestro miedo a adoptar posturas potencialmente incómodas. Ya es hora de que abandonemos nuestros falsos temores y recuperemos nuestro espacio en este debate.
Al hablar de educación sexual debemos identificar tres grandes responsables: el Estado, los padres y los propios adolescentes:
El Estado tiene la responsabilidad de garantizar el acceso a una educación sexual comprensiva, respetando el derecho de los adolescentes a tomar sus propias decisiones en temas de sexualidad y reproducción.
Los padres tienen la responsabilidad crear condiciones adecuadas para que los jóvenes desarrollen su capacidad de tomar decisiones saludables y, asimismo, para que sean capaces de respetar a los demás.
Por último, los adolescentes tienen la responsabilidad, luego de recibir una educación sexual adecuada, de actuar de acuerdo con lo que aprendieron, protegiéndose a sí mismos y a sus parejas de los embarazos no deseados y de las infecciones de transmisión sexual, incluido el VIH/SIDA.
Estoy convencida de que una vez que superemos estas tres barreras culturales seremos capaces de construir una sociedad más sana y más feliz. Estoy convencida de que Chile dará el puntapié inicial en este proceso de cambio social y cultural. Y estoy convencida de que la iniciativa que estamos presentando hoy será clave para el éxito.
Referencias:
- Grupo Gay de Bahía, Brasil.
- IV Informe Anual sobre Derechos de Minorías Sexuales. Movimiento de Integración y Liberación Homosexual en conjunto con Amnistía Internacional.
