A mi hijo: me preguntas, te contesto.

Juana Cooke, Directora Ejecutiva de APLAFA

Antes asumía la violencia contra la mujer como algo que otros hacían: un extraño, un familiar, el Estado. Si bien la violencia se ceba en estructuras sociales y de poder de manera desigual entre hombres y mujeres, la violencia contra las mujeres es un acto que inicia cuando una persona decide ser violento. Estadísticamente ese persona que violenta a una mujer es un hombre.

Te miro dormir aún con las medias de fútbol puestas y me estremece pensar que tú podrías ser ese hombre violento. Me siento y te escribo, recordando el niño que eres y pensando en el hombre que serás. Nada me recuerda más que vivimos en una sociedad violenta contra las mujeres como el hecho de ser tu mamá.

Quisiera quitar de la ciudad esos letreros publicitarios donde las mujeres y sus cuerpos venden de todo, desde baterías para carro hasta cervezas.

Quisiera evitar que cuando camines conmigo tuvieses que escuchar los silbidos y frases que me dicen perfectos extraños. Pero como el acoso en las calles sigue siendo una práctica cotidiana en nuestra ciudad, te agarro más fuerte de la mano y te digo que no, que a ese señor que me gritó eso no lo conozco y que sus palabras me hicieron sentir incómoda.

Quisiera haber evitado que te enteraras que una niña de dos años que vivía en nuestro distrito murió por los golpes que le dio su padrastro. “¿Qué hizo para que le pegaran tanto?”, me preguntaste. Se me hizo un nudo en la garganta y te expliqué que no hay nada que pueda hacer una niña que merezca su muerte.

Después cuando el 25 de noviembre fui a la marcha del Día Mundial contra la violencia hacia la mujer y al ver las cruces que cargábamos representando cada muerte violenta y femicidio de mujer en este país, tú mismo me dijiste que sabías que marchaba por ella, por esa niña. Sí, mi amor, marcho por ella y por todas las que ya no tienen voz.

Cuando vemos niños y niñas en la calle, pidiendo dinero y me preguntas por qué no están en la escuela te hablo y te digo que aunque todos y todas somos iguales, hay niñas y niños que tienen que trabajar. Me gusta que te enojas y me dices que eso no es justo.

“¿Por qué siempre das charlas?”, me preguntas. Te digo que es para procurar que los y las adolescentes, los niños, las niñas sepan que nadie les debe tocar de manera que se sientan incómodos; para que puedan ir al médico y recibir atención. Para que conozcan sus derechos y encuentren su propia voz, así como tú estás encontrando la tuya.

Ese día que llegué a casa de mal humor y te alcé la voz me pediste que no te maltratara. Qué parada en seco me diste y tenías razón. YO también debo ser consciente y revisar mis propias conductas, especialmente contigo.

Me preguntas, te contesto. Me incómodo. Te cuento.

Al final del día no puedo evitar que estés expuesto a todas estas expresiones de violencia, incluyendo violencia contra las mujeres. Pero lo que sí puedo hacer es evitar que consideres la violencia, en cualquiera de sus formas, como un hecho normal. Quiero que te choques, que te molestes. Que te sigas enojando.

Ojalá te sigas cuestionando todo, que lo veas todo con un ojo crítico. Que sepas reconocer que la violencia no es normal y que ante su rostro debeos reaccionar con energía y con acciones.

Quizás sigas caminando por ciudades violentas; quizás aún te lleguen noticias de femicidios de niñas de dos años. Pero también quizás, todo este diálogo te lleve a comprender que así como todo acto de violencia, incluyendo la violencia contra las mujeres empieza con la decisión de alguien—de una persona—de ser violento, también la solución empieza con la decisión de una persona que decide lo contrario.

Sígueme preguntando y te contestaré. Sígueme incomodando y te contaré. Un mito a la vez, un acto a la vez, para que decidas después ser el cambio empieza con uno mismo.


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