Hombres en el Movimiento: Los sueños de nuestros padres

Michael Khoo, Colaboradoro Invitado

El mes pasado, me he convertido en el padre de un niño hermoso. Desde entonces, he pensado mucho en mi propio padre, que murió hace 25 años y me hubiera encantado que participara de este momento. Sin embargo, una pérdida más profunda que la mía me llamó la atención la primera vez que mi niño se quedó dormido sobre mi pecho. Un ser de poco más de cuatro kilos acurrucado que duerme, resopla, llora y hace popó. Era algo que mi padre, y muchos de su generación, nunca habían experimentado.

Los míos eran padres típicos del principio de los años 60: Él era un médico; ella, una enfermera. Cuando tuvieron hijos, ella se quedó en la casa y crió a los cuatro. Mi madre recuerda una vez pidiéndole a él que se hiciera cargo de uno de nosotros y él contestó algo así: "No me convertí en un médico para cuidar de bebés." É era nada menos que un obstetra. La típica crítica feminista moderna sobre esa situación es que nuestro mundo patriarcal oprime a las mujeres. Me gustaría sugerir que mi padre fue, en última instancia, el que salió perdiendo.

Él, y muchos de su generación, quedaron atrapados en una prisión emocional que les ha robado la alegría pura y desinteresada de cuidar a un recién nacido. Simplemente, no era una tarea suficientemente varonil. Tal vez fuera demasiado íntima, especialmente si se trataba de un hijo.

Pero no terminó en los años 60. Veinte años después, mi hermana gemela se casó con un arquetípico hippie de California que salvaba a delfines y veneraba la Madre Tierra para ganarse la vida. Sin embargo, también él básicamente nunca cambió un solo pañal. Y se quejaba si lo mantenían despierto en la noche con su llanto. Él creía que su role consistía en preparar al bebé para el mundo "real", para asegurarse de que el niño no se convirtiera en un cobarde. Sí, un niño chico necesita tener su estallido de burbuja —incluso antes de que pueda siquiera hablar— y ver que el mundo es desagradable, brutal y la vida es corta.

La mayoría de los hombres se resisten al compromiso hasta el último minuto posible y usando tantas tácticas como puedan reunir. Pero desde el otro lado, después de perder esa inútil batalla, puedo decir que es un poco triste, en retrospectiva. Los bebés son una gran cura para el narcisismo cada vez mayor de un hombre en sus 30 y pocos años. Por lo general, desarrollamos soluciones múltiples para nuestras ansiedades purulentas y egoístas. Nos ejercitamos más, buscamos un hobby, conseguimos otro hobby, nos entregamos a los videojuegos, vamos de parranda y bebemos.

La gran cosa acerca de un bebé es que es el último desafío Marxista a la obsesión que uno tiene sobre si mismo. Sólo hay algunas tantas horas en un día para preocuparse acerca de si mismo, el progreso de la carrera y el significado de la vida cuando sus manos están llenas de caca —cuando uno ha dormido menos incluso que en la época de las fiestas que duraban toda la noche. Y a diferencia de los muchos proyectos de trabajo que tan fácilmente llenan nuestro tiempo, esto se siente tan importante y maravilloso, que hace que muchos de los éxitos que hemos alcanzado antes parezcan triviales en comparación.

Si los hombres de la generación de mi padre hubieran abrazado a sus hijos, creo que tendríamos un número menor de rebeldes sin causa.

La última vez que vi a mi padre con vida, tenía 15 años y le estaba paseando en una silla de ruedas por los pasillos del hospital mientras trataba de impartir consejos de último minuto sobre mis problemas con mi novia. Luego, él comenzó a llorar, diciendo que lamentaba que me iba a dejar desamparado. Él sentía que estaba fallando en sus deberes como padre, simplemente por el hecho de que iba a morir de cáncer. El problema no es que los hombres de su generación eran incapaces de comprometerse con sus hijos, es que se perdieron algunas de las mejores partes de ser padre.

En una búsqueda incansable por mi padre años más tarde, traté de crear un casete con canciones sobre padres e hijos. El resultado no fue agradable. Comenzaba, de manera previsible, con el clásico de Harry Chapin "Cat’s In the Cradle”, una historia de distanciamiento emocional y la ausencia de intimidad. Termina con una conclusión fatalista: "Cuando colgué el teléfono, se me ocurrió, mi hijo era igual que yo.” Cat Stevens era el siguiente en línea con el grito deprimente de un hijo: "¿Cómo puedo tratar de explicar, cuando yo lo hago él me da la espalda otra vez. Siempre ha sido la misma historia, la misma vieja historia”. El género padre-e-hijo sólo empeora desde allí.

Muchos hombres en mi grupo de amigos mantienen relaciones distantes con sus padres. No hablan con ellos a menudo, o cuando lo hacen, son dolorosamente agresivos. Malos padres y padres ausentes son comunes.

No puedo dejar de pensar que cada padre distante, cuando está en su lecho de muerte, piensa con un profundo remordimiento sobre el niño que creó, que ya no lo quiere. Este triste ciclo comenzó temprano y, por suerte, estoy aprendiendo que puede ser detenido con una facilidad y alegría sorprendentes.

Michael Khoo vive en Washington, D.C., con su esposa Anastasia y su nuevo hijo de Dax. Es Vicepresidente de Comunicaciones de Population Action International y Presidente de SIMPLE: Comunicaciones, Estrategia y Marketing.

Originalmente publicado en Role/Reboot.


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