La complejidad de una feminista latina, acabando con la violencia.

Tina Vasquez, Colaboradora Invitada

El mes pasado, luego de la cena, estaba sentada en el auto de una amiga, y por primera vez en nuestra relación de dos años, compartimos nuestras experiencias de haber crecido con padres abusadores y madres abusadas que no hicieron nada para salvarnos. Recientemente estoy tratando de hacer el esfuerzo de ser más transparente sobre las experiencias que tuve mientras crecía, expresándome de maneras que van más allá de la declaración obligatoria de “mi papá no es una buena persona”.

“¿Cómo le explicas esto a la gente?, le pregunté a mi amiga. “¿Cómo explicas que fuiste aterrorizada por un padre cuando eras pequeña, continúas soportando el abuso ya como adulto, y sin embargo sigues haciendo un esfuerzo para ayudarlo y cuidarlo?

Mi amiga, quien se encuentra en circunstancias extrañamente similares a las mías, me contestó: “No puedes explicarlo. Es cultural”.

Soy una latina feminista de 28 años que vive con su papá. Todos los días le empaco su almuerzo para el trabajo. Todos los días le hago la cena y literalmente se la sirvo. Le compro todas las provisiones. Le doy dinero. Le ayudo a pagar la hipoteca y las cuentas de la casa. Sí puedo mudarme y vivir sola, pero no lo hago porque siento la obligación de cuidar a mi padre.

Todo lo que hago es con la esperanza de que se sienta orgulloso de mí, tratando de que se sienta querido, y tratando de reparar lo que se ha roto en su interior que causa que sea abusivo. Pero lo que lo hace tan poco amigable e invisible a sus ojos es que yo no soy uno de sus hijos varones. Soy la misma niña de rodillas gruesas acurrucada en un armario, cubriéndome los ojos con mis manos y rezando para que pare de pegarme. Soy aquella niña de 7 años que corría cuán rápido podía tratando de evitar el cinturón en la parte de atrás de mis piernas. Soy aquella pequeña niña de cabellos largos y grandes ojos marrones a la cual su madre la sostenía contra su pecho, susurrando, “Dile a tu papi que sea bueno conmigo”.

Hay todavía una gran parte mía que sigue jugando el rol de pacificadora. Aunque mi papá es un hombre pequeño, siempre pareció como un gigante sobre mi mamá y yo. Aunque yo estaba aterrorizada ante él temblando de ira, me paraba y le decía que fuese bueno con mi mami. En esos días, la salvaba a expensa propia.

Ahora ya han pasado veinte años y mi papá no es el mismo hombre de antes. El tiempo lo ha suavizado, y es más alegre. Las sonrisas llegan con más facilidad, pero rara vez dice algo amable sobre alguien y no sabe nada de ser agradecido. Mi papá ya no me pega, pero todavía recuerdo las incontables veces en las que deseé que desapareciese para negarle la satisfacción de ver mis lágrimas y de que supiese que sus palabras hirientes me habían herido profundamente una vez más.

Sé lo locas que parecen mis acciones para aquellos que han crecido en familias de amor saludable, para culturas que no ponen su énfasis en cuidar a las personas mayores, o con padres que demandan que el respeto sea ganado, no dado. Quiero ser más que la “buena hija Latina” que hizo todo lo que se esperaba de ella en detrimento propio. Espero que un día pueda aprender a amar a mi padre de manera saludable, aunque él sea incapaz de hacerlo.

Mi primer paso ha sido el tener conversaciones honestas con el propósito de desenrollar las conexiones entre Latinas y la familia, y la violencia. Cuando entrevisté recientemente a la artista, Favianna Rodriguez, quien ha luchado extensamente contra las expectativas impuestas por su familia y comunidad, ella me dijo que el trabajo más importante y transformador que podemos hacer es dentro de nuestras propias familias. Puedes amar a tu gente y a tu cultura, pero eso no quiere decir que no puedes abordar sus deficiencias.

Para mí, el amar a mi cultura significa el aceptarla y aplastarla al mismo tiempo. Significa que estoy orgullosa de quién soy y tengo un amor inmenso por mi familia, a pesar del machismo y el patriarcado que se encuentra enraizado en mi casa. Significa que tengo mucho trabajo por hacer, tantas cadenas por romper, y tantas generaciones de abuso que desaprender.

Crecer en México con un padre alcohólico y abusivo, una madre complaciente, y 15 hermanos/as que dependían de él, mi papá nunca hizo la conexión entre el pegarle a mi mamá y a mí y la violencia que él mismo experimentó de niño. A pesar de conocer la tragedia de ser abusado por alguien amado, él no pudo entender cómo librarnos de experimentar lo mismo. Y aunque ellos poseyeron la virtud de nacer varones, mis hermanos tampoco escaparon a las palizas de mi padre, y han heredado algunos de sus vicios.

De alguna manera al escribir estas palabras se siente como una traición hacia mi padre y hermanos. Estoy encontrando el coraje de hablar sobre estas cosas, las cuales hemos aprendido a nunca discutir en público. Pero es un paso crucial para mi salud y mi sanación. El intentar desenvolver lo que significa ser Latina es una familia insana y violenta es vital no solo para mi recuperación, sino que también está conectado a la recuperación de una cultura que entiende que debemos desentrañar este dolor juntos.


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